OBSTINACIÓN GENERACIONAL

Katherine Moreno Chamorro

El paisaje de calles vacías adornaba la periferia del Jordán. Aquel barrio popular ibaguereño con más de mil casas que conforman nueve etapas, no era el mismo de hace dos días; lleno de bullicio y alegría donde los niños jugaban y la música retumbaba mientras los melancólicos despedían el año recordando los mejores momentos y planeando los propósitos para el nuevo año. Era el segundo día de enero, que muchos llamarían domingo de resurrección y por lo cual el ambiente taciturno no era de sospechar.
En una esquina de la primera etapa, sobre la paralela de la Avenida Jordán estaba la Supertienda Memo, que no era más que una mezcla de tienda y cantina. Era conocida en el barrio por albergar durante varias horas, aquellos que ahogan las penas y sufrimientos en una botella, o hasta diez. Desde luego había tenido magníficas ventas uno o dos días atrás, pero el presente día era de los más fríos que se podían tener en el año, es más, si lograba vender algo, seguramente serían pastillas para el dolor de cabeza debido al guayabo de año nuevo o algunas cervezas para compensarlo. Guillermo Domínguez, el dueño de la supertienda, era un hombre optimista que no dejaba de abrir su negocio, por mal que fuera el tiempo de ventas. Poco le importaba los chismes de barrio y las críticas de las mujeres asoladas por sus maridos alcohólicos, pues tenía la premisa de que el vivo vive del bobo y las cosas son de quien las necesita; así entonces Guillermo Domínguez vivía de la pena de sus vecinos y claramente del dinero que malgastaban en bebida.
Con sus cabellos blancos, sus sesenta y pico de años y su metro setenta de estatura, se encaminaba, como todos los días a su lugar de trabajo junto a su nieto Rafael Domínguez, que contrario a su abuelo representaba la juventud a flor de piel, quince años vividos y la expresión de entusiasmo en sus facciones, dejaban ver al adolescente con un toque genuino e inocente. Álvaro sentía una gran admiración por su abuelo Guillermo, manejar un negocio con apenas quinto de primaria cursado era para él un triunfo y consideró en un momento dejar el bachillerato a un lado y seguir los pasos de su abuelo. Sin embargo Guillermo no lo permitió y dándole una de esas charlas motivadoras que los abuelos dan a sus nietos para que no repitan sus mismos pasos, convenció a Rafa, como le decía de cariño, de continuar sus estudios hasta ser alguien en la vida.

En camino se encontraron con Jorge Grajales, vecino de toda la vida de Guillermo y uno de los principales críticos de su negocio. Sus críticas no eran sobre el objeto social de la supertienda, sino del manejo empírico de las cuentas que Memo, como él le decía, llevaba año tras año. Siempre que cruzaban palabra, Jorge daba recomendaciones y sacaba a relucir sus conocimientos sobre principios contables generalmente aceptados en Colombia de lo cual Guillermo ni atención prestaba, pues eso era –según su juicio- para empresas grandes que necesitaban de un contador y no para tiendas de barrio como la de él. Pero ese domingo, Jorge no era el mismo. Su aspecto de ejecutivo y postura espigada como si estuviera siempre orgullo de sí mismo, que siempre lo caracterizaba así fuese un día feriado, había desaparecido. Ahora lucía más despreocupado de su aspecto, con bermudas blancas, sandalias, camiseta del seleccionado nacional y un caminado que irradiaba desolación con cada paso. Debe ser por el domingo de resurrección, pensó Guillermo y siguió su camino hasta su tienda, sorprendido de no haber sido abordado por Jorge Grajales y sus charlas contables de cómo manejar una  tienda.
Una vez en la supertienda, Guillermo y Rafael empezaron a organizar las mesas para los posibles clientes que llegarían en las próximas horas, sin contar con el hecho de que su primer cliente estaba entrando. Era Jorge, el contador que acababan de ver desdichado por las calles del Jordán. Guillermo se estaba preparando para la gran charla, pero Jorge solamente se sentó en silencio en una de las mesas, mirando un punto fijo en ella inmerso en sus pensamientos. Rafael se acercó como buen asistente y preguntó:

-¿Se le ofrece algo señor Grajales?
- Una fría niño, para deshacer el nudo en mi garganta. –respondió Jorge.

Rafael respondiendo el pedido, se dirigió a la nevera y sacó una botella de cerveza, “la más fría”, pensó mientras la destapaba. La llevó a la mesa junto a Jorge, quien dio un trago largo y volvió a sumergirse en sus pensamientos. Guillermo seguía sorprendido de esa actitud, no resistió quedarse con la duda y se unió en la mesa con Jorge.

-Buenos días Jorge, ¿Cómo le sienta el año nuevo?
-Mal, muy mal mi querido Memo. Apenas empezando el segundo día de  mil novecientos noventa y cuatro y ya me siento miserable.
-Qué cosas dice, lo veo con la camiseta de la selección y pienso en que está emocionado por el mundial y es hasta ahora Enero o es que ¿sufrió alguna tragedia?

-Pues para que sepa usted, la selección es lo único que me mantiene con sentimientos en estos momentos, y ¿tragedia? La peor de todas, mi vida laboral se derrumba a partir de este año, no soy nada, soy un vejestorio; si le hablara en términos contables soy un activo fijo que llegó al final de su vida útil y lo peor de todo es que olvidó dejar un valor residual para seguir subsistiendo. -declamaba Jorge esas palabras como poeta recitando sus versos.
-Si me sigue hablando de contabilidad, me iré y no tendrá con quien desahogarse, sabe muy bien que no soy buen amigo de ella. –dijo Guillermo sintiéndose irritado.
-Usted es buen amigo de ella, sólo que usted lo hace de una forma genuina y con poca técnica. En fin, le contaré mi desgracia en palabras normales. Resulta que el gobierno decidió reemplazar el decreto 2160 de 1986 que reglamentaba la contabilidad mercantil por el decreto 2649 de 1993 el cual entra en vigencia este año.
-¿Y por eso está sufriendo?
-Usted no sabe Memo, tal vez no es un gran cambio y estoy haciendo un melodrama, pero la cuestión es que contador que no se actualice, contador que no sirve.
-¿Y entonces, por qué no se actualiza?- pensó Guillermo que le estaba dando una solución fácil a Jorge.
-Ay Memo, mis padres me dijeron que no me iban a apoyar en mi carrera, para ellos ser contador es poco, querían que fuera ingeniero o que me enlistara en el ejército. No lo hice y tuve que pagar mis propios estudios, primero como técnico, luego tecnólogo, hasta que logré alcanzar mi título profesional. Todo por mi cuenta. Aprendí lo necesario para desempeñarme como contador y ahora lo soy.
-Si así es, pero ¿por qué no sigue con esa misma convicción y enfrenta los nuevos retos? ¡Actualícese hombre!
-Esa es la cuestión Memo, imagínese los próximos contadores, saldrán con un conocimiento fresco del nuevo decreto, mientras los que estamos actualizándonos tenemos que desligarnos de casi 8 años de práctica contable y adaptarnos a esto nuevo. Mi hijo está terminando su carrera y saldrá con más competencias que yo. ¿Puede creerlo? No tiene nada de experiencia pero tiene el conocimiento nuevo y eso lo hace mejor en el mercado laboral.
-¿Tiene celos de su hijo?
-¡Agh! Hasta de pronto temo que me supere, pero me sentiría orgulloso. No quiera que pasara por esta misma situación que estoy pasando. –lo dijo lanzando el último trago de su cerveza.

Rafael observaba atónito la conversación que estaba presenciando. Un profesional contable obstinado debido a una actualización de legislación siendo aconsejado por un tendero con cinco años de estudio de básica primaria para que continuara luchando en su vida laboral. Justo en ese momento su admiración por su abuelo aumentó y empezó a considerar estudiar en un futuro la profesión de Jorge Grajales.

Finalmente, Jorge terminó otras dos cervezas y se marchó con su desdicha. Al cabo del tiempo Guillermo se enteró que su amigo Jorge se había retirado y estaba esperando su pensión. Imaginó entonces que aquel dos de enero estaba encontrando una excusa para dejar de trabajar, tal vez estaba con la melancolía de dejar el trabajo de toda su vida y encontró el primer pretexto para retirarse, tal vez escuchó sobre la edad de jubilación y sus cincuenta y cinco años pedían a gritos un descanso remunerado. No pudo negar que sentía nostalgia, Jorge Grajales no sería el mismo, su esencia cambiaría por completo, no volvería a hablar de sus principios contables y no le recomendaría más técnicas de contabilización, ¿vestiría despreocupado o continuaría con su estilo ejecutivo? Lo extrañaría.

***

El paisaje de calles vacías adornaba la periferia del Jordán. Aquel barrio popular ibaguereño con más de mil casas que conforman nueve etapas, no era el mismo de hace dos días; lleno de bullicio y alegría donde los niños jugaban y la música retumbaba mientras los melancólicos despedían el año recordando los mejores momentos y planeando los propósitos para el nuevo año. Era el segundo día de enero del años dos mil catorce por lo cual el ambiente taciturno no era de sospechar.

Al parecer, el único ser viviente entre las calles solitarias era un hombre con la misma energía de un joven de quince años, pero con uno setenta de estatura y una barba bien formada que declaraba la edad madura por la cual estaba atravesando.  Con treinta y cinco años de edad y con un reconocimiento al mejor tendero de Ibagué, Rafael Domínguez se dirigía hacia la Supertienda Memo, aquella que su abuelo fundó y ahora estaba bajo su administración. Llegando al establecimiento, sentado en el andén se encontraba un hombre de contextura robusta, “Un borracho más”-pensó Rafael; lo ignoró y procedió a abrir las puertas del negocio que se había extendido hasta ocupar cinco casas más. Aunque seguía siendo el lugar donde algunos ahogaban sus penas y remordimientos, ahora era más conocido por sus productos regionales,  pues Rafael se había dedicado a pensar estrategias de desarrollo regional, es decir, impulsar el comercio con los productos hechos en el Tolima, departamento del cual Ibagué es la capital.

Mientras Rafael, quien lucía concentrado, revisaba documentos entre carpetas para presentar en las próximas horas a su contador; el hombre que estaba sentado en el andén entró, tomó asiento en una de las mesas y sostuvo su mirada. Rafael lo observó y de inmediato tuvo un vago recuerdo de su adolescencia en aquel lugar, “Sólo es una coincidencia”.-pensó. Le había dado la mañana libre a sus empleados, pues en las mañanas muchos se estaban recuperando en sus casas y el movimiento en la supertienda no era gran problema, por lo tanto, el mismo atendió al cliente.

-Buenos días señor, Feliz año. ¿Le puedo ofrecer algo?

Cuando el hombre levantó su cabeza, Rafael lo reconoció. Era Mario Grajales, vecino de toda la vida, conocido por ser un contador reconocido en el barrio el cual provenía de familia de contadores, su padre, Jorge Grajales era gran amigo de su abuelo Guillermo. Mario estaba en sus cuarenta y pico de años, pero su aspecto en el momento lo colocaba una década por encima, llevaba la camiseta de la selección Colombia, unos zapatos deportivos y una sudadera negra, de aquellas que se utilizan para salir a trotar o para usar en aquellos días que no se sabe que más usar. 

-Feliz año para usted, para mí no lo será. Deme una cerveza por favor, le dejo a su elección la marca.

Rafael quedo anonadado, mientras iba por el pedido, iba pensando sobre su recuerdo, éste se hacía cada vez más real, un hombre desahuciado en año nuevo con la camiseta de Colombia y pidiendo una cerveza. “¿Puede ser posible?”- pensó. “¿Las historias se repiten después de veinte años?, ¿Serán los mismos motivos de su abuelo?”-pensaba mientras trataba de recordar con detalle veinte años atrás. Recordó cómo su abuelo atendió a ese hombre, reconfortando y dando ánimos para afrontar el problema que estaba atravesando; recordaba el problema, algún tema de actualización contable y justamente había escuchado a su contador sobre alguna nueva adaptación de normas. “¿Puede ser posible?”-pensó de nuevo. No quiso seguir atando cabos sin fundamento alguno y como no había más actividad en el negocio, se sentó junto a él mientras llevaba una póker fría para su cliente.

-Aquí tiene, disculpe que me una a usted, pero no puedo entender como un hombre puede ser tan miserable a inicios de año. Veo que le gusta el fútbol, ¿no está emocionado por el regreso de Colombia al mundial?

Mario luego de un largo trago a su botella respondió,

-Claro que me emociona, todos aquellos, hasta los amantes del baloncesto saben que Colombia volvió a un mundial luego de tantos años y pinta fuerte este equipo. Hasta puedo apostar que llega algo más lejos de lo que llegaron en el mundial del noventa y cuatro.

-Tiene razón, la selección está muy sólida. Será esperar como sienta el ambiente en Brasil. Pero entonces, ¿qué lo agobia?, si no es imprudencia saber.

-Usted y yo pocas veces hemos conversado, pero lo conozco. Es el nieto de Memo y es usted muy reconocido, ¿Tendero del año? Quien diría que el Jordán podría obtener tal reconocimiento. Disculpe, ¿Cuál es su nombre?

-Rafael, Rafael Domínguez. Y el suyo es… -preguntó fingiendo ignorancia.

-Mario Grajales, mucho gusto. Ahora que estamos hablando, le contaré de mi problema, porque no es tristeza, es preocupación. Imagínese usted, como recién graduado hace veinte años, con conocimiento puro del decreto que está empezando a regir, tiene una ventaja sobre los demás que están en el mercado laboral, consigue buen empleo y se mantiene en ese lugar durante los próximos veinte años. Ahora, imagine que en estos momentos cambian de nuevo la legislación contable, ahora todo será regido por normas internacionales y su empresa de toda la vida puede llegar a reemplazarlo por nuevos contadores, con mayor visión internacional y mejor manejo de las nuevas normas. ¿Qué haría?

Rafael no podía creer, se sintió en un deja vú al escuchar casi las mismas palabras de Jorge Grajales hace veinte años. Reflexionó lo que había escuchado y respondió:

-Desde luego entraría en una preocupación terrible, pero lucharía por seguir vivo en la competencia. Hoy en día todo se basa en competencias, ventajas, valor agregado al servicio o producto vendido. No soy contador, pero desde mi punto de vista en la competencia de tenderos en Ibagué puedo asegurarle que al diferenciarse entre los comunes, representa más ganancias que pérdidas.

Mario lo miraba fijamente, tratando de reflejar el ejemplo a su situación, mientras daba otro trago a su cerveza.

-Es usted un hombre optimista y luchador, si las cosas fueran tan fáciles como usted las plantea, estaría celebrando aún el año nuevo.

-No, las cosas no son fáciles Mario, usted tiene que sacrificar y demostrar que quiere ser diferente por medio de preparación y todo lo que le incumbe. Dígame una cosa, ¿Cree usted que tiene tiempo de prepararse?

-A ver le comento, trabajo en una empresa mediana y ésta se tiene que adecuar a la norma internacional, prácticamente en el dos mil dieciséis. Es decir que si tengo tiempo, pero si duré cinco años para prepararme en mi carrera profesional, ¿Cómo lo haré en dos años? ¿Cómo compito con los nuevos profesionales que tendrán un fresco conocimiento de los decretos?

-Pero usted no va a empezar desde cero, supongo que no cambia la forma de llevar la contabilidad en su totalidad. Usted tiene unos conocimientos, solo tiene que adaptarse a los nuevos requerimientos. ¿Cómo? Busque capacitaciones, lea los decretos o leyes que se expidan, saque sus propias conclusiones, interiorice ese nuevo conocimiento y empiece a aplicarlo para cuando llegue el día, usted ya esté preparado para enfrentar a los demás contadores.

-Parece usted un motivador profesional, ¿Qué profesión tiene usted?

-Soy administrador de empresas, pero siempre estoy pendiente de los asuntos contables de éste negocio y siendo administrador, le aseguro que el contador es el mejor aliado para impulsar una empresa.

El aspecto de Mario había cambiado por completo, lucía en sus ojos un brillo de interés y esperanza por lo que había escuchado de Rafael.

-Sonará curioso, pero parece que usted había estado preparado para este momento. Mi padre sufrió esta misma crisis hace unos años, pero el desistió y no continuo en el desempeño de su profesión. Y antes de entrar por esta puerta, cuando estaba sentado en ese andén, es más cuando estaba dando el feliz año a mi familia, estaba pensando muy seriamente en seguir sus pasos. Ahora usted aparece como esos ángeles para aconsejar lo que debo hacer. ¿Quién diría? Si apenas nos saludamos por cortesía y hoy usted me ha salvado la vida.

Rafael sonrió, todo lo que escuchó lo hizo sentir héroe, como no lo hizo su abuelo hace unos años, pero como él hubiese soñado decir ese día a Jorge Grajales, pero claro, ¿Quién prestaría atención a un adolescente de quince años que no sabe de trabajo? Ahora tenía experiencia y sentía que compartir su punto de vista con Mario, podría de alguna manera cambiar su decisión  y lo hizo. No estaba entre sus propósitos para año nuevo, “salvar la vida” de alguien con palabrería con sentido, pero ahí estaba.

-Mario, piense en su familia y en sus hijos, piense en ser un ejemplo a seguir para ellos, que su padre no se derrumbó con el primer obstáculo que la vida le puso en el camino. No quiero ofender a su padre, tal vez eran otros tiempos y otros pensamientos, pero aquí y ahora usted tiene la capacidad y oportunidad de enfrentar esos cambios. Porque no solo su profesión cambia, todas están en un continuo cambio y actualización, es solo cuestión de voluntad.

-Está bien Rafael, tomaré ese consejo. Empezaré a investigar lugares para capacitarme y si es necesario viajar a Bogotá para recibir mejor información lo haré, aprenderé algo de inglés porque supongo que al ser internacional, el inglés juega un papel importante. Y más bien me voy seguir celebrando este nuevo año que pinta bien con el mundial, ¿o no? –dice mientras termina su cerveza y se levanta para despedirse de Rafael.

Rafael y Mario ríen y se despiden.

-Mario, es más, lo invito a ver el primer partido aquí y pago lo que consuma. Considérelo una motivación para su nueva vocación. –termina la frase riendo.

Mario tomó su camino mientras Rafael se adentraba a su negocio de nuevo, pensando en lo que acababa de suceder. Recordó de nuevo a su abuelo con Jorge Grajales y el intento fallido de alentarlo, lo comparó con su forma de dar esperanza a Mario y no pensó que hubiese gran diferencia, lo diferente era el hombre a quien aconsejaban.

Diferentes épocas, diferentes generaciones, mismo problema, diferente solución. El mundo está en constante cambio y sólo aquellos capaces de adaptarse podrán sobrevivir. No lo dice el autor de este cuento, ya lo había dicho Charles Darwin, sólo que en otro contexto.                                                                                                                   FIN

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